Jue. Sep 24th, 2026

DW

¿Y si la próxima pista sobre vida inteligente fuera de la Tierra no llegara del espacio en forma de señal de radio, sino que estuviera escondida en un puñado de polvo lunar? 

Esa es la idea que explora un equipo liderado por Lewis Pinault, investigador asociado del Instituto SETI, que propone buscar diminutos restos de posible tecnología extraterrestre que podrían haberse acumulado en la superficie lunar durante miles de millones de años.

El trabajo, disponible como preimpresión en arXiv y enviado a la revista International Journal of Astrobiology, es, según el Instituto SETI, el primero en poner cifras a la posibilidad de que estas «tecnofirmas» se hayan conservado en el suelo lunar.

La lógica de fondo es casi estadística. La Vía Láctea carga con unos 13.000 millones de años de historia, durante los cuales podrían haber surgido y desaparecido civilizaciones enteras. Ahí está el problema de buscar únicamente señales de radio: sus emisiones tendrían que llegar hasta nosotros en un momento en el que pudiéramos detectarlas. Los restos físicos de su tecnología, en cambio, podrían perdurar mucho después de su desaparición.

¿Por qué la Luna y no la Tierra?

A simple vista, la Tierra parece un blanco mucho más grande para que caiga cualquier resto espacial, pero es precisamente su actividad la que juega en contra, pues el agua, la atmósfera y la tectónica de placas pueden erosionar, transformar o enterrar los materiales acumulados durante largos períodos.

La Luna, en cambio, reúne unas condiciones mucho más favorables para conservar estos materiales. Su superficie lleva unos 4.000 millones de años recibiendo partículas del Sistema Solar y del espacio interestelar. Parte de ese material puede permanecer allí durante períodos extraordinariamente largos, ofreciendo a los investigadores una ventana al pasado de la galaxia.

Además, la Luna no solo acumula ese material, sino que también puede ayudar a conservarlo. Los impactos de micrometeoritos remueven constantemente su superficie, un proceso conocido como «jardineo por impacto», que puede enterrar pequeñas partículas hasta unos pocos metros de profundidad, donde quedarían parcialmente protegidas de la radiación cósmica.

Tecnofirmas: partículas de Arkhipov y Bracewell

La idea de buscar estos restos no es nueva. Ya en los años noventa, el astrónomo ucraniano Oleksiy Arkhipov sugirió que residuos tecnológicos de otras civilizaciones podrían viajar a la deriva por el espacio interestelar y depositarse en superficies estables como la Luna, según recuerda SciNews. Pinault y su equipo retoman y amplían esa hipótesis con un marco cuantitativo inédito, y distinguen entre dos clases de partículas hipotéticas. 

Las primeras, bautizadas «partículas de Arkhipov» en su honor, serían residuos industriales involuntarios, como los fragmentos que podrían desprenderse con el tiempo de una megaestructura tipo enjambre de Dyson, escapar de su sistema estelar y acabar llegando hasta el nuestro.

Y nuestro Sistema Solar podría haberse cruzado con ellos en alguno de sus viajes por la galaxia: según Universe Today, el Sol tarda unos 230 millones de años en completar una órbita alrededor del centro de la Vía Láctea, por lo que sus sucesivos recorridos habrían ofrecido oportunidades de encontrarse con partículas procedentes de otros sistemas estelares.

Las segundas, las «partículas de Bracewell» –por el físico Ronald Bracewell–, son mucho más especulativas. Se trataría de micro-sondas enviadas deliberadamente por otras civilizaciones para explorar o registrar información, una suerte de «polvo inteligente».

El viaje interestelar hasta el regolito lunar

Llegar hasta la Luna, sin embargo, es un obstáculo mayúsculo. Según los cálculos del estudio publicado en arXiv, ciertos granos de materiales refractarios como cerámicas avanzadas, grafeno o superaleaciones de titanio y tungsteno, podrían resistir el viaje interestelar. Los modelos contemplan partículas con radios del orden de 0,3 micras capaces de recorrer miles de años luz durante períodos de entre cien millones y mil millones de años.

Pero superar el viaje interestelar no bastaría: las partículas también tendrían que llegar a la Luna a velocidades suficientemente bajas para no destruirse durante el impacto. Según explica Universe Today, velocidades superiores a 5 km/s provocarían su vaporización en el escenario descrito. Los modelos sugieren que la presión de la radiación solar y el filtrado de la heliosfera podrían favorecer la llegada de una pequeña fracción de granos capaces de sobrevivir al choque.

El desafío práctico, una vez ahí, es descomunal, y las cifras lo dejan claro: según Universe Today, un metro cúbico de suelo lunar pesa alrededor de 1,5 toneladas y contiene más de un billón de granos de tamaño micrométrico. Encontrar entre ellos una posible tecnofirma exigiría un trabajo de análisis imposible de realizar a mano.

Por eso el equipo plantea apoyarse en inteligencia artificial, combinando microscopía electrónica de barrido con modelos de visión artificial como YOLO-ET para señalar partículas anómalas, que luego pasarían por análisis forenses de laboratorio.

Próximas misiones lunares podrían ponerlo a prueba

Lo interesante es que incluso no encontrar nada tendría valor científico. Según el estudio de arXiv, si los investigadores analizaran un metro cúbico de suelo lunar sin hallar rastros de tecnología extraterrestre, podrían establecer límites a la cantidad de residuos dispersados por posibles civilizaciones de otros sistemas estelares.

En concreto, según los supuestos del modelo, ese resultado permitiría descartar determinados escenarios en los que estrellas similares al Sol hubieran dispersado típicamente más de unas 0,10 masas terrestres de residuos artificiales duraderos durante la historia galáctica. Eso no demostraría que estamos solos, pero sí permitiría acotar determinados escenarios sobre la actividad tecnológica extraterrestre.

Esa comprobación podría no estar tan lejos. Tanto el programa Artemis de la NASA como las misiones chinas Chang’e y las iniciativas comerciales podrían aportar nuevas muestras de suelo lunar donde buscar estos posibles rastros tecnológicos. Como resumió Bill Diamond, presidente del Instituto SETI, se trata de una metodología «extraordinariamente original y sumamente razonable» para buscar señales de tecnología más allá de nuestro sistema solar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *