Mar. Oct 13th, 2026

Proceso

A pesar del avance de la extrema derecha protrumpista en América Latina y de sus triunfos frente a la izquierda en Colombia, Perú, Chile, Bolivia y Honduras, lo cierto es que, hoy, poco más de la mitad de la población de la región sigue gobernada por mandatarios progresistas que resisten las políticas intervencionistas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. 

Sólo Brasil y México, que junto con Uruguay son los únicos países latinoamericanos con gobiernos de izquierda democráticos, concentran el 51.4% de la población y dos terceras partes del Producto Interno Bruto (PIB) de la región. 

Y esto quiere decir que la izquierda sigue teniendo un gran peso político en América Latina en medio del notable avance de la ultraderecha alineada con Trump. 

Y la continuidad o no de este frágil equilibrio geopolítico es lo que estará en juego en las elecciones presidenciales de Brasil, en las cuales se enfrentarán, en la primera vuelta de este domingo, el mandatario izquierdista, Luiz Inácio Lula da Silva, quien busca su reelección, el senador ultraderechista Flávio Bolsonaro y 11 candidatos más. 

Tan importante resulta ese proceso electoral para el mandatario estadunidense, que no ha dudado en intervenir de manera abierta en favor de Bolsonaro, a quien recibió en la oficina oval de la Casa Blanca en mayo pasado. También ha sancionado a funcionarios brasileños en represalia por el rechazo de Lula al injerencismo del republicano. 

La Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin) hizo públicos fragmentos de un informe en el que advierte que el riesgo de intervención de Washington en los comicios está en un “nivel crítico” e incluye una estrategia de “articulación virtual” y la divulgación de mensajes de grupos extremistas violentos en las redes sociales. 

Funcionarios brasileños temen que la ultraderecha trumpista estadunidense esté financiando una campaña contra Lula y en favor de Bolsonaro en redes sociales y no descartan que Trump llegue al punto de llamar a votar por Bolsonaro, tal como lo hizo con Abelardo de la Espriella en Colombia y con Nasry Asfura en Honduras en medio de contiendas muy competidas. 

En Brasil, todos los sondeos indican que la elección presidencial será también muy cerrada. Aunque Lula encabeza las encuestas para la primera vuelta de este domingo, todas coinciden en que no alcanzaría el 50% más uno de los votos que se requieren para ganar la presidencia en esa ronda. Y Bolsonaro quedaría en segundo lugar, muy cerca del puntero. 

Ese escenario, que según los estudios de opinión es el más probable, obligaría al gobernante progresista y el senador ultraconservador —quien es hijo del exmandatario Jair Bolsonaro, condenado por una intentona golpista— a dirimir la contienda en una segunda ronda prevista para el próximo 25 de octubre. 

Un triunfo de Flávio Bolsonaro, quien en los sondeos aparece empatado con Lula en una segunda vuelta electoral, daría un impulso crucial al proyecto de Trump de establecer una hegemonía geopolítica en el hemisferio. Siete de cada 10 latinoamericanos quedarían gobernados por la extrema derecha alineada con Washington. 

Si llegara a perder Lula, sería un resultado muy satisfactorio para el emperador (Trump)”, dice a Proceso la investigadora del Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, Mónica Hirst.

Para el profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana de Colombia, Manuel Camilo González, un triunfo de Bolsonaro le daría a Trump la oportunidad de cerrar, con broche de oro, una racha de ocho victorias consecutivas de sus aliados políticos latinoamericanos. 

Desde que Trump llegó por segunda vez a la Casa Blanca, en enero de 2025, siete candidatos presidenciales de países latinoamericanos a los que él apoyó han ganado las elecciones. Cuatro de ellos —Rodrigo Paz en Bolivia, Nasry Asfura en Hondura, José Antonio Kast en Chile y Abelardo de la Espriella en Colombia— le arrebataron el poder a la izquierda. 

Pero, así como Brasil podría convertirse en nuevo éxito de la estrategia intervencionista del mandatario estadunidense, también podría ser un gran fracaso. 

Una derrota de Bolsonaro frente a Lula constituiría para Trump un nuevo revés político en el frente externo en momentos en que lidia con los estragos de la guerra contra Irán y en que China suma cada vez más aliados en la región a través de las inversiones y el comercio. 

Con un triunfo de Lula, “Brasil se convertiría en un referente para otros candidatos que buscan frenar la deriva intervencionista de Estados Unidos”, señala González.

Derecho dinástico 

Flávio Bolsonaro es el candidato presidencial de la ultraderecha brasileña por descarte, no por elección. 

Su padre, el exmilitar ultraconservador Jair Bolsonaro, quien gobernó Brasil entre 2019 y 2022, es el verdadero líder de ese sector, pero está inhabilitado para participar en política porque cumple una condena de 27 años de prisión por intentar dar un golpe de Estado contra Lula el 8 de enero de 2023. 

Flávio no tiene el carisma de su padre ni el de su hermano Eduardo —quien está acusado de conspirar contra Brasil desde Estados Unidos, donde reside—, pero es el primogénito de la familia y ese dato dinástico pesa en el mundo ultraconservador. Ha sido diputado en la Asamblea Legislativa de Rio de Janeiro (2003-2019) y senador desde 2018. 

Mónica Hirst, una doctora en estudios estratégicos que forma parte del Conversatorio Latinoamericano (Conlat), explica que un punto fuerte de Flávio Bolsonaro es que su candidatura presidencial está montada sobre la base política construida desde hace varios por su padre. 

En ese sentido, señala la académica brasileña, el bolsonarismo se diferencia de otras ultraderechas populistas latinoamericanas en que, como movimiento político, ya había construido una estrecha alianza con Trump desde que el republicano gobernó por primera vez Estados Unidos, entre 2017 y 2020, y coincidió dos años con la presidencia de Jair Bolsonaro. 

“Este es el único caso en la región donde hay un antecedente de articulación de Trump con un movimiento político latinoamericano ultraconservador con el que tiene, desde su primera presidencia, una sinergia política e ideológica”, indica.

De hecho, de entre todos los aduladores que tiene Trump en la región, solo ha mostrado verdadero aprecio por uno: por Bolsonaro padre. 

El año pasado, cuando Jair Bolsonaro fue condenado por la intentona golpista de enero de 2024, el gobierno de Trump impuso aranceles del 50% a las importaciones brasileñas y al magistrado a cargo del caso, Alexandre de Moraes, le quitó la visa estadunidense y lo incluyó en la lista OFAC. 

Hasta la fecha, Estados Unidos considera «disidentes políticos» injustamente perseguidos por la justicia y el gobierno brasileños a Jair Bolsonaro y otros implicados en la trama golpista de 2023 y, en el marco del proceso electoral, ha presionado para poner fin a esa supuesta persecución de quienes intentaron derrocar a Lula por la vía de las armas. 

Todas las formas de intervencionismo 

La preocupación del gobierno de Brasil por el injerencismo estadunidense en los comicios aumentó en julio pasado, cuando los funcionarios del Departamento de Estado, Riley Barnes y Samuel Samson, solicitaron visas para visitar Brasilia a fin de reunirse con funcionarios electorales, líderes religiosos y Flávio Bolsonaro para evaluar la integridad del sistema de votación y la libertad de expresión. 

Brasil les negó las visas al considerar que se trataba de un acto de intromisión en asuntos internos y el Departamento de Estado respondió quitando el visado a la embajadora brasileña en Washington, María Luiza Ribeiro Viotti. 

Ese mismo mes de julio Estados Unidos impuso a Brasil un arancel adicional del 25% para cerca de tres mil productos. 

El profesor de la Universidad Iberoamericana y doctor en estudios internacionales Universidad de Miami, Abelardo Rodríguez Sumano, señala que la injerencia en elecciones latinoamericanas apunta a un “reposicionamiento geoestratégico y territorial de Washington en el hemisferio y a presionar por un alineamiento total de Latinoamérica a su proyecto político”. 

Y Brasil, indica, tiene una relevancia especial en ese plan por el tamaño de su población y su economía; por la amistad del mandatario republicano con Jair Bolsonaro, que se hace extensiva en esta coyuntura a su hijo Flávio, y porque Lula es un referente de la izquierda latinoamericana y un socio fundador, junto con Fidel Castro, del Foro de Sao Paulo, el grupo que aglutinó en 1990 a la mayoría de partidos y movimientos de izquierda de la región. 

No es casualidad que uno de los críticos más duros y persistentes del Foro de Sao Paulo desde aquellos años ha sido el actual secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio. 

La profesora de la Facultad Central de Recife, Brasil, Ana Tereza Duarte, dice que Trump y sus medidas intervencionistas pesan en esta elección, pero “menos de lo que parece desde afuera.” 

De acuerdo con la doctora en ciencia política por la Universidad Federal de Pernambuco, la imposición de aranceles tuvo como efecto inmediato el fortalecimiento de Lula y la mayoría de los brasileños percibieron esa medida como una intromisión injustificada en asuntos internos. Incluso, responsabilizan de esa medida a Flávio Bolsonaro. 

Pero Duarte indica que el efecto se diluyó y Flávio Bolsonaro recuperó terreno en septiembre, aunque el electorado sigue rechazando que su voto lo guíe un líder extranjero. 

Esto ha obligado a la administración Trump a reorientar su estrategia intervencionista en Brasil y a recurrir a modalidades más soterradas. El Partido de los Trabajadores (PT) de Lula ha denunciado que desde Estados Unidos se financian campañas sucias en redes sociales contra su candidato. 

“En una elección tan cerrada, este tipo de ayudas podrían inclinar la balanza a favor de Bolsonaro”, dice la internacionalista Fernanda Zuluaga. 

El Lula octogenario  

De acuerdo con la profesora de ciencias políticas en la Universidad de Texas en Austin Wendy Hunter, en esta elección Lula no está en su mejor momento político. A sus 80 años, ya no es el líder popular que era antes, luce desgastado y no suscita el entusiasmo de otros tiempos. 

La especialista en política brasileña e historiadora del gobernante Partido de los Trabajadores (PT), señala que muchos pobres y adultos mayores que apoyan a Lula hoy no se sienten motivados para ir a las urnas, a pesar de que en Brasil el voto es obligatorio. Y si el gobernante izquierdista no logra movilizarlos se le puede complicar mucho la elección. 

La ventaja para él, señala, es que también Flávio Bolsonaro genera poco entusiasmo entre los votantes brasileños. 

En un proceso electoral sin un claro favorito, los grupos religiosos, que tienen un protagonismo cada vez mayor en la política brasileña, están llamados a jugar un papel decisivo. 

Según la encuestadora Datafolha, el 50% de los votantes evangélicos apoyan a Bolsonaro y sólo el 22% a Lula. Pero con los electores católicos ocurre lo contrario: el 46% respalda al actual presidente, y el 29% al senador de extrema derecha. 

En Brasil, la tercera parte de los votantes registrados son evangélicos y los pastores de ese sector religioso hacen política. Ningún candidato puede ignorar a ese conglomerado, que tiene más identificación con las plataformas ultraconservadoras que con las propuestas progresistas. 

Aun así, el catolicismo sigue siendo mayoritario en Brasil, aunque menos disciplinado y más heterogéneo en materia política. 

Rebecca Bartel, profesora del Departamento de Estudios de la Religión de la Universidad Estatal de San Diego, dice que la transformación religiosa que experimentan las naciones latinoamericanas es uno de los fenómenos sociales “más importantes” que se desarrollan en la región. 

“Esto está cambiando profundamente la política en países como Brasil”, asegura. 

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